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POESÍA

 

 

 

 

 

 

 
 
 

 

 

Prólogo III
Contrapuntos Celestiales

Y es que Carmen Amaralis es todo lo que describe Alberto Plaza, el alter ego en su diálogo poético, en sus comentarios afinados a una imagen que se evapora y regresa intacta de
las nieblas, siempre ninfa de sus propios sueños. Ella desde su portal de grandezas es aun más que el trono de la palabra.

Es el umbral de muchas afonías aun por explorar. Se llena de una pasión que no le teme al dolor ni a la ausencia porque sabe que del sufrimiento saca la luz de sus vuelos líricos que
la llevan hacia firmamentos de piel niña, como es su verso.

Lleno de gracia y de piruetas traviesas, donde un pacto con la existencia impone su canto. Se torna esa mujer diosa que tiembla, que vibra, que se agiganta cuando la musa se adueña de sus metáforas, como el zumbido de la abeja que de la colmena extrae sus mieles para ofrendarlas al viento y al polen regado sobre un cuerpo de profundos pozos. Sin temor a vivir el amor a fondo, recrea mareas de caricias y la elocuencia en los recuerdos.

Mujer de yeso que de su corazón manan flores. Pétalos de rosas recogidos en varios jardines donde la huella del andar dejó su sombra. Y la pisada del abandono toma forma de elogio cuando la silueta del olvido no se deja cautivar. Se unen varias fuerzas misteriosas, casi secretas, impredecibles. La mudez rompe el silencio con sus voces al querer ser eclipse o simplemente un fantasma que gira en torno al sentimiento donde se anidan nostalgias y pesares. Autistas se vuelven las sensaciones. Buscan otros puertos. Nadie acoge el cariño como esa memoria que lacera. Fustiga con su mirada una indiferencia que no termina de nombrarse. Recorre caminos con desenfreno pidiéndole al hastío que se esconda en otras laderas, bajo lunas llenas de anhelos, como la vieja relación que entreteje remembranzas ante el llanto de una gaviota desvalida. En crepúsculos los colores se inventan la condición de anfitriones de la soledad. Esa que pesa cuando el abrazo se hace escaso y los miedos toman la dimensión de entidades extrañas, que visitan la distancia. Huérfano, el sendero ya no halla su faro.

Busca por el curso de la vida, la llama del destino. Un sino de torpezas que se camuflan en la conciencia. De nostalgias bebe sus aromas, llevan el perfume del destierro, quizá del desamor que se vive con lágrimas negras, bajo la esperanza que todo regrese a su lugar. Al beso primero con sabor a novedad y a los pechos en desenfreno total. Prisioneros de corazones melancólicos donde caben todas las cacofonías del desencanto.

Sembrado de una esperanza que se atiene a las consecuencias del texto de la carne, que sabe relamer la emoción y describir su calor con plumas y encajes.

Se calla para luego retomar el vozarrón que Carmen Amaralis alberga en su alma de científica, que todo lo analiza bajo el prisma del saber allende todos los cielos. Ese saber milenario que trenza trampas para decirnos una vez más que el amor es fruto de enigmas, como las incógnitas enfrentadas por la lucidez de una mente como la de Carmen Amaralis, ser que merece todos los apodos superlativos tanto en la poesía como en sus rutas de vida. Mujer singular que sabe introducir su lengua castiza y castellana en los silencios de la existencia para darles la sonoridad que el universo reclama. Ella, sin temor a los desafíos acoge en su seno el verbo inquietarse, reflexivo como este poemario que nos autoriza a verle su amplitud imaginativa donde la fantasía se une a los tatuajes que cada frase imprime a estas páginas. Sigue siendo la elegida de mis lecturas para ahondar en el eco febril de su propio cansancio de donde renace el ave fénix que es y seguirá siendo la poeta boricua que del mar pesca sus arcanos y de sus quimeras el bordado de todas las alturas. En este poemario descubrimos sus fragancias más íntimas y sus deseos de nunca olvidar el beso que desató el amor en el horizonte de las melancolías que se nos entrega. Visitado por el dolor y la sangre derramados en cada palabra, sagrada y sublime a la vez en el concierto de un corazón que conoce el perdón y sabe dar la bendición, como una persona de gran elaboración interior, alquimista de sus propias pesadillas.

 

Bella Clara Ventura
Poeta y novelista colombo mexicano israelí.
Ciudadana con alma universal