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POESÍA

 

 

 

 

 

 

 
 
 

 

 

Prólogo II
Contrapuntos Celestiales

Al hilo de los últimos poemas de este libro de Carmen Amaralis, y amarrada a sus títulos (a partir del poema 45), me sumerjo en la semblanza de una autora que traspasa los límites de la literatura para sumergirnos en la alquimia de lo mágico.
«Me quiero mucho»
Porque te amas, Carmen Amaralis, nos sentimos amados por ti. Y es que en ti, alma grande llena de ventanas que nunca se cierran, cabe el Universo entero. Tienes, Carmen Amaralis, un entorno, un territorio propio que jamás marcaste como tal, y donde has ido dándonos cabida a quienes a ti llegábamos. Es en ese territorio donde encontramos cobijo, y queremos ser como tú, mujer de amplia sonrisa, de colores-luz, de piel que encierra jardines sacros, de brazos que se abren al abrazo en esas madrugadas cuando revolotean los fantasmas. Entonces, sin que jamás tu luz nos ciegue, queremos convertirnos en fantasmas de tus noches y de tus días, porque formar parte de las criaturas de ese territorio tuyo es un privilegio.
¿Acaso sabes, Carmen Amaralis, cuántos kilómetros oníricos recorrimos para poder gozarnos en tu verso?
Finalmente, a fuerza de impregnarnos de ti, somos tú. Y cuando somos tú, aún te preguntamos que si te amas.
Tu respuesta es suave y rotunda como los vientos de tu amada Islita:
¿Qué si me amo? Sí,
me amo a mí misma mucho…

Ya podemos descansar tranquilos. Tú te amas. Y como nosotros ya somos tú, tú nos amas. ¡Qué hermosa paradoja!

«Fantasma prisionero»
En 1991 ingresaba en la Real Academia Española (RAE) el que fue mi mejor maestro: José Luís Sampedro. Su discurso de recepción, titulado Desde la frontera, me dio mucho que reflexionar.
Decía que todo en su vida habían sido fronteras por atravesar, siendo la primera frontera conocida su propia piel. De repente, Carmen Amaralis, encuentro en tu poema la misma
alusión a la piel como frontera que conviertes en …cárcel imposible.
Me reconforta encontrar en este poema tuyo el mundo de los sueños, otra vez lo onírico; de nuevo el duermevela donde permites al gran arquitecto contar los pasos simbólicos
y construirte a ti misma sobre cimas inexistentes todavía. No puedo por menos que afirmar que existe en tu mundo una franja fronteriza que es tierra de nadie; tierra en entredicho, donde las únicas ceremonias permitidas son las de tus propios rituales. Sé, Carmen Amaralis, ―todos sabemos― que hay algo en ti que jamás alcanzaremos los que te rodeamos. Y no es que tú nos excluyas. Es que, sin quererlo tú misma, casi sin apercibirte de ello, te fuiste adentrando en mundos mágicos a los que sólo pueden seguirte los elegidos por el don de la palabra.
Por eso, Carmen Amaralis, sigue al menos escribiendo poemas fantasmales como éste, desde esa distancia que los dioses te otorgaron, para que los mortales podamos recrearnos aunque no podamos seguirte:
Mira que hay profundidades que te envuelven.


«Nadie jamás»
Te recuerdo muchos años atrás, cuando desde la distancia de Internet nos llegaba el reclamo de tu duende verde. Por entonces, aún yo no conocía que Puerto Rico es verde, que la bruma en la que se disuelve tu Isla cada día es verde, que el resplandor de las Cuevas de Camuy es verde, que hasta tú misma eres de un verde doncella permanentemente inmaculada para el tacto del hombre. Cualquiera se preguntaría por qué la lectura de este poema, donde predominan matices azules y canelas, me hace evocar el color verde con tanta intensidad. Lo insinuaba al principio: te recuerdo muchos años atrás, cuando desde la distancia de Internet nos llegaba el reclamo de tu «duende verde». Simplemente, durante su lectura, supe que este poema estaba dedicado al hombre que convertía en elemento sonoro una enredadera, que se trasmuta en zumbido a la querencia del tacto:

Tu honestidad viril se ganó mi confianza
y supe regalarte mis delicadas ansias
con el zumbido de las madreselvas


«Muy cerca de ti y sin sombras»
Como una niña. Así formulas tus más puros deseos en los tres primeros versos de este poema: Quiero desvestirme de la soledad/ de esa negra soledad que invade/ que cubre el altar de mi cuerpo.

¡Ay, querida poeta! ¿Aún no has entendido lo incompatible que es un altar con la compañía? Tendrás que desprenderte de ser ara donde se ofrenda el sacrificio de tu sensualidad perfecta.
¿Quieres que se entere la piel de que estoy viva, mi excelsa Carmen Amaralis? Salta entonces de la cuerda floja y regresa con nosotros. No permitas que te ciegue la hermosura de tus versos. No consientas que la ceniza de la excelencia vaya apagando poco a poco tu mejor luz. Deja al aire tu espalda, ésa que tanto peso ha cargado, para que alguien la bese mientras tararea tu nombre. Muéstranos, Carmen Amaralis, el camino del amor, del que tú sabes mejor que nadie. Y déjanos sentarnos junto a tus versos…

...Mirando en la distancia aquel jardín de ensueños
donde florecían amapolas encantadas


«Los naranjos del silencio»
Esta vez es un interrogante sin respuesta: ¿Por qué duele el amor, por qué? ¿Por qué duelen las horas? Me detengo en el título del poema: «Los naranjos del silencio» y viene a mi mente la leyenda del naranjo de Vera Cruz, aquel árbol regado por una mujer durante toda una vida, desde la niñez hasta la ancianidad, esperando de él un solo fruto. Sí: verdaderamente, este poema contiene todo el dolor de le eterna espera. Pero no le ocultes al cielo tu dolor, Carmen Amaralis. Siempre percibo en tu poesía ese pudor a mostrarnos tus lágrimas. ¿Dónde escribiste en este poemario la palabra «lágrima»? ¿Por qué no las encuentro? ¿Acaso no sabes, querida Carmen Amaralis, que la luna es simplemente una lágrima regada con todas las lágrimas escritas por quienes plantas naranjos, siquiera sea con el dolor de la palabra?

Ahhh, cuánto duele este amor
sin que se entere mi cielo.


«Vengo de visitar la esquina del dolor»
De este poema me quedo con tu orden y a tu orden me pongo:
No me contradigan
No seré yo quien contradiga un alma abierta en carne viva en un poemario que se desangra en versos. No seré yo quien contradiga la voz de la Poeta clamando no precisamente en el desierto, sino en mitad de las plazas públicas, en medio de la gente, en el pizarrón de las aulas, en la caja del supermercado o bajo los árboles de coral que forman tu universo.
No voy a contradecirte, Carmen Amaralis, porque sabes utilizar con maestría los «tempos» de la melodía de la palabra, que percuten sobre los tímpanos dormidos, y llama a las puertas de las conciencias, y empaña los espejos de la ira, y amordazan la envidia y la desidia.
Tu poemario, Carmen Amaralis, me ha tocado, como me tocan algunos pasajes de los Libros Sagrados de cualquier religión.
Religión. ¡Religare! Volver a unir los pedazos de todas las criaturas dolientes y hacer nuevos seres luminosos capaces de …exhalar tolerancia/ aumentar la bondad en corazones fríos/
calmar el delirio de los poderosos/ y limpiar lacras sin temor a contagiar las manos.


¿Qué cómo conseguir semejante prodigio?
Con tus versos, Carmen Amaralis, con tus versos.
Porque tus versos son algo más que literatura. Son linimento y exigencia. Son humidificantes, y se filtran por las hendiduras de las conciencias hasta purificar lo más hondo.
Así que… ¿Hacemos tres tiendas, Carmen Amaralis…?


Socorro Mármol Brís
Escritora española