Llevo varias vueltas y más vueltas sin alcanzarme el rabo, con lo mucho que me molesta esa purguita y no logro morderla con la furia de mi risa y mucho menos con los círculos concéntricos del adiós desesperado. Ando de patas para arriba rascándome el espinazo, y el
gustito es tal, que he decidido vivir con las alfombras a mi favor.

Ser perro es maravilloso. Si la perra no me quiere me quiero yo mismo y ya, problema resuelto. Mis amores son tan pasajeros y termino siempre con las orejas mordidas en la lucha estéril por alcanzar el amor de cualquier perra callejera que decida ponerse en celo para recordarme la brevedad de la vida.

Pero lo que es esta noche me doy mi buena dosis de amor íntimo. Por supuesto, cuando mi dueño no me vea, si me coge en el trance de mis delicias, me tira un porrazo. Creo que me envidia, pues su diseño fisiológico no le permite lograr la satisfacción completa que me logro yo mismo en castidad absoluta.

El que dijo que la vida de perros no es buena no midió bien sus palabras.

 

Carmen Amaralis