Los pensamientos le asaltan enloquecidos, la cabeza no le alcanza para acomodar las imágenes que aparecen en vértigo. Unos y otras llegan mezclando la cuna con la cárcel. El seno materno negándole la leche, y un sodomita dañándole la sangre. Y la vena gorda y dura en el brazo le pica, pero las esposas no le permiten el alivio.

No hay pensamiento ahora que le pillaron con los bolsillos llenos de plata, sin hambre, como tantas tardes, tirándole piedras a los árboles de mango, buscando calmar aquél ardor en el estómago vacío de caricias y de pan.

No hay vergüenza, ni dolor, ni nada. Las sirenas suenan recordando el delito. Se acabaron las carreras de la vida libre, se acabó la lujuria de las calles llenas de pájaros rastreros y hembras ofreciéndole las nalgas por una bolsita. La amistad no existe, solamente la fuerza del bendito dinero.

El espejo retrovisor de la patrulla refleja las llagas de la gonorrea en la frente aún muy tierna. Pasa por la esquina del cuartel de la primera puta en la cama del burdel de la vida, allí donde terminó la ingenuidad que nunca tuvo.

No pidió nacer en aquel lodazal del barrio, pero se ha tragado en abundancia la vida, se la vive en estiércol puro, y los besos de Eva los pagaba con oro recogido en el fango. No hubo lecho nupcial, pero le parieron hijos en zaguanes ocultos. Y su primer traje blanco, con botones de nácar, bien puesto el sombrero de piel para los bautizos que apadrinaron los duendes de la calle, se lo compró con el dolor de la sobredosis de una nena de doce años. A ellos les debe sus pasos en la fe de otros, porque lo que se dice fe, no tiene. Jamás se le ocurrirá pedirle a dios que le salve, como tampoco se le ocurre pensar que dios le condene. De eso se encargarán los hombres, un tanto peores que él.

 

Carmen Amaralis