(relato)

Jamás se me ocurriría regalar, donar o intercambiar cualquiera de las mil y una cosa que tengo rodeándome en mi claustro. En las paredes de mi vida, encerrada a voluntad entre recuerdos, se puede apreciar el marasmo de obsequios que me ha donado el universo irrepetible del que he gozado durante esta larga existencia.

El más preciado de todos es una tabla grabada con la palabra Profesora. Esa me la entregó un desquiciado, oficialmente jubilado por loco, al que defendí con mis garras bien afiladas de la pelea a muerte en la que tuve que intervenir con las autoridades sabias de este mundo cruel. En su cuarto de locuras, en sus frágiles momentos de lucidez y durante un par de horas infinitas, grabó mi nombre y me asignó el sagrado título de profesar con fe la divina tarea de ser maestra.
Maestra que profesa el deseo de la sabiduría, y siembra y engendra y pare discípulos para la luz, que intenta apartar las sombras y poner paz en el caos de la vida. Ese caos que inunda y asfixia y ahoga y no deja seguir rumbos de flores y trinos y aleluyas a la energía flotante.

Miro a mi alrededor, y me río a carcajadas secas de tanto dolor en la barriga cuando me doy de narices con los dientes de una piraña que tuvo la mala suerte de caer en mi carnada, allá por el Amazonas, sembrada de lodo hasta el fondillo mojado, en mi afán por despertar a la vida, adormecida de quimeras y voluntades de hierro fundido en las travesías infinitas por las que me introduzco intencionalmente.

Recorro los pasillos de mi claustro al compás de los cantos de las once mil vírgenes y una más, entre el llanto de los monjes gregorianos con voces afeminadas y la ilusión encontrada entre libros o retablos de Mantenga. Cargo en mis manos un cántaro de bronce con grabados musulmanes, obsequio de aquel novio turco que me amaba tanto y me quiso comprar con túnicas de seda y alhajas de todos los colores, con perlas en cofres de mármol, con marfil y turquesas, con grabados en la piel que aún no puedo borrar, aunque han pasado más de cuarenta lustros de medias lunas y soles ardientes en los brazos de otros hombres.

No me puedo deshacer de nada de lo que me rodea, me parece que hacerlo es traicionar las huellas que me persiguen encadenadas a mis pies muertos. Sí, porque mis pies están muertos. No los siento, decidieron quedarse fuera de mi cuerpo, en alguna de esas rutas llenas de letreros de neón fluorescente, cuando caminaba a pasos muy cortitos imitando a una geisha, sólo para complacer a un amigo y darle felicidad, acomodándome entre las heridas viejas que le causó un calabozo. De ese amigo guardo un tejido blanco y rectangular para arropar al hijo que no tuve, porque se fue en remolino por las aguas negras de un hotel en California, luego que se me reventara el vientre y la esperanza.

Cómo podría deshacerme del Gallo disecado que le arranqué al mueble de la habitación de mi padre, el día de su muerte. Pobre padre: le gustaban los animales disecados, y ese gallo lo había peleado en el redondel de la vida hasta que un día, por viejo, le explotaron los ojos y la casta de plumajes roja era el trofeo al corazón del valor y la bravura. Con el gallo no hago tratos, lo tengo de frente para que me anime a seguir mis rutas. Aún dentro de la más fuerte de las tentaciones, sus ojos huecos me recuerdan que se pelea hasta la misma muerte.

Creo que hoy no terminaré de contabilizar los recuerdos de dientes y plumas, con ellos como equipaje trataré de cruzar la línea del umbral que espera flotando al final de las horas.

Carmen Amaralis