Hace más de quince años solicité una sabática para trabajar por un año en La Universidad de Virginia en Charlotesville. Me fue concedida, y allí llegué. Nunca en mi vida había usado una computadora (ordenador), no sabía ni cómo prenderla.

Al llegar a La Universidad (UV) me recibió el doctor que patrocinaba mi trabajo de investigación en Ingeniería Química, luego de saludos y detalles de investigación, me indicó cual sería mi área de trabajo en su laboratorio y la que sería mi oficina, y sobre el escritorio me mostró la computadora con la que se comunicaría conmigo cada vez que necesitara darme instrucciones o yo tuviera alguna pregunta.

Se despidió de mí luego de darme una lista de ""papers" (publicaciones) que debía leerme antes de comenzar a trabajar diseñando los experimentos para un proyecto de Termodinámica relacionado con equilibrios de líquido-vapor en función de temperatura.

-Adiós, me dijo, y yo quedé ahí, ante aquel aparato que me miraba con su pantalla muerto de la risa y en negro. Miré a mi derredor y vi algunos de sus estudiantes, que trabajaban como hormiguitas, sin mirarme ni interesarse por mi presencia.

-Auxilio- grité en mi interior, y sin inmutarme, me dirigí a uno de ellos y le solicité ayuda.
-Podría usted mostrarme cómo se enciende esta computadora.

El joven me miró como si yo fuera un extraterrestre. Buscó detrás de la máquina y la conectó a la fuente de electricidad, luego hundió un botón en la parte de atrás del cabezal y al momento apareció la imagen del portal de la Universidad de Virginia a todo color en la pantalla del computador.

El joven se marchó, y volvió a concentrarse en la lectura en su computador.
Y yo allí, con la lista de publicaciones que debía localizar y leer.
No tenía ni idea de cómo comenzar a buscarlas en aquella máquina de los infiernos.

Tímidamente, esta vez, volví al joven, y con toda honestidad, pero llena de vergüenza, le interrumpí, explicándole que yo nunca había usado una de esas máquinas, que cómo podía encontrar el primero de los "papers" qe aparecía en aquella lista interminable.

Esta vez el joven mi miró con absoluta incredulidad, y no sé si fue mi cara de susto, o mis ojos húmedos que le conmovieron, y sacando un ratito de su valioso tiempo, movió su silla al lado de la mía en mi escritorio con computadora, y poco a poco, me mostró los pasos a seguir para entrar a un servidor (no recuerdo si google o yahoo, o qué) y yo apunté en un papel cada uno de los movimientos en ese desconocido mundo cibernético sobre lo qué debía hacer para llegar a la publicación científica buscada.

La suerte que tengo es que aprendo rápido y en un par de días ya había localizado casi todas las publicaciones, había aprendido a guardarlas en una carpeta y sabía como enviarle correos electrónicos al jefe cada vez que encontraba algo interesante o tenía alguna duda sobre los experimentos que estaba diseñando.

Terminado mi tiempo en Charlotesville, regresé al departamento de Química en la Universidad de Puerto Rico, logré que mis jefes me compraran una computadora para mi oficina y otra para mi laboratorio, compré con mi dinerito una para mi casa, enseñé a mis estudiantes a usarlas y algunos de mis compañeros me imitaron también. Los tiempos cambian y ahora es de uso rutinario entre todos mis colegas.

Quince años más tarde me siento una experta con estas máquinas, son parte importante e imprescindible de mi vida. Es en ellas que he podido hacer muchísimos excelentes amigos, viajar a conocerlos personalmente, desarrollarme en la escritura de relatos y poesía, en adición a los trabajos científicos que publico.

La computadora me ha permitido desarrollar tanto mi amor por las ciencias como por la literatura, y sobre todo, mi vida se ha rodeado de muchos amigos cibernéticos, por los que siento un amor difícil de explicar, y siento la gran satisfacción de estar viva y en cierto modo, acompañada por ustedes.

 

Carmen Amaralis
(parte de la historia de mi vida).