En el principio era la Luz y la Diosa Madre. La Diosa parió una hija. Y el mundo estaba en quietud y luz, hasta que la hija de la Diosa parió un varón que se convirtió en militante belicoso, y como no había razón para las guerras, se las inventó, reclamando defensa de territorio para sus hembras y críos.

La Diosa no quiso guiarlo en guerras sangrientas contra sus hermanos. Furioso el hombre comenzó una idolatría nueva. Fabricó un Dios guerrero con barba blanca y le proclamó Rey del Universo. Su universo se convirtió en un campo de guerras y muerte, y la Diosa madre, confundida y triste, desapareció. Sólo vivía en el recuerdo de las hembras.

Incapaces de anular los veredictos de los hombres, las mujeres se confabularon para amarse unas a otras, prescindiendo de la estupidez del guerrero. El mundo se hace viejo, las guerras cubren la faz de la tierra y las hembras añoran a su madre y ruegan que un día cualquiera aparezca en el firmamento, a juzgar a los vivos y a los muertos.

Y su reino de paz no tendrá fin.

 

Carmen Amaralis