LA CASA DEL POETA (Relato verídico) Dedicado a Pilar
 

 

Mala mía cuando decidí llevar a mi duende a visitar la casa del Poeta en Isla Negra. Un científico, más específicamente, un dentista, no tiene por qué darle por imitar las excentricidades de un artista. Han pasado dos años y aún me parece verle recorriendo con sus ojos bien abiertos, cada caracol, cada mascaron semidesnudo, y hasta el cuerno de aquel que un día fue el único colmillo de un pez en el alto mar de sus sueños. Ahí se detuvo tiempo suficiente para arrugar su frente en análisis profundo, y se le despertó la idea de convertirse en un ermitaño rodeado de cuernos.

Cuando llegamos a la entrada del comedor casi tengo que sujetarlo para evitarme una vergüenza. Definitivamente en ese momento se evaporó mi esperanza de comprarme muebles de roble. Allí se encontraba su sueño hecho realidad. El duende midió la mesa en medio del salón con el diámetro de sus brazos extendidos, parecía un cristo en delicias. Y digo mesa porque no sé cómo debe llamársele a la rueda de una carreta de bueyes con un cristal sobre ella y sostenida por un trípode.

Cuando ya estábamos al final de la visita guiada, yo experimentaba una angustia indescriptible. Sentía la necesidad de pedirle disculpas al empleado que nos acompañó en el recorrido por la casa.
No sé como el pobre hombre soportó tantas preguntas y toqueteos.

Pero lo peor ocurrió cuando ya estábamos a punto de salir al patio frente al mar y pasamos por el vestíbulo del caballo. Sí, así llamo yo al cuarto donde se encuentra el caballo de Pablo disecado con la cola quemada por un fuego. Ahí sí que se le iluminó la mirada como a un loco. Acarició las ancas del caballo y llegué a pensar que el resto de mi vida tendría que contemplar un ejemplar del hipódromo simulando una carrera embalsamada para toda la eternidad.

Y el patio, ¡Dios mío, el patio!, allí respiré de alivio, dejando que los vientos del Pacífico me acariciaran el rostro y refrescaran el infierno de mi centro. Entré en un trance de agradecimiento a la vida, respiré profundo el perfume del mar, dando gracias porque al fin salimos al cielo abierto, y cuando ya casi llego al éxtasis más sublime, un tremendo campanazo me destrozó los tímpanos. Al voltearme a mirar de donde procedía tal estruendo, encontré al duende a punto de romper la campana gigante del poeta con su próximo campanazo.
Corrí despavorida, no sé si alejándome del paraíso o dejando atrás la catedral del infierno. Sentía una mezcla de angustias e indescifrables desvelos por venir.

Sí, dije desvelos por venir, y vinieron. Solo han pasado dos años de esa mágica y mística visita a Isla Negra, y les cuento que ya tenemos la finca llena de campanas gigantes por todos lados: amarradas a las cúpulas de los árboles de mangos, en el sótano del establo, en un trípode frente al charco más hondo del río que nos cruza, y no se en cuantos recovecos más. Tengo también una rueda de carreta con un cristal sobre la mesa de mármol, esperando por que las patas lleguen de la ebanistería. Y como si fuera poco, debo soportar la mirada hueca de la cabeza de una vaca disecada y el cráneo de un chivo con sus dos inmensos cuernos a la entrada del garaje. Su próximo proyecto es cavar nuestras dos tumbas, una al lado de la otra, mirando al monte más verde.

Me acaricia con ternura y con un rostro feliz me dice- "Mi vida, estoy creando un mundo de poesía solo para nosotros dos"- y mis lágrimas lo confunden. Jamás me lo perdonaré, soy culpable de mis propias torturas.

Solamente a una loca se le ocurre llevar a un duende a visitar la casa de un poeta.

 

Carmen Amaralis