He navegado tu nombre por mi vacío interior y mientras más te busco, más tristeza me habita. Nací para ti y sin ti vago flotando, como si no existiera. Te idealicé hasta sentirte mío. Dueña yo de tu felicidad, tu mente, tu arte, tus pensamientos. Dueña de cada uno de tus poros y tu sal, de tus tristezas tan mías.

No hay espacio de mí en que tú no habites. A veces siento que
estallo de ti y nos deshacemos juntos en la niebla. Tu sonrisa se
funde en mi rostro y la mueca que produces es patética. Solo yo soy capaz de aguantar el peso de tu desolación, cuando tu arte se resbala de tus dedos y dejas que sienta tu dolor en mis grietas abiertas a la vida.

Nunca sabrás que al irte te quedaste más agarrado que nunca a mi alma, a mis poros, a mi urdimbre, y estrangulas, sin saberlo, cada minuto de vida que me queda. Te vivo en cada aroma rancio, en cada purgada de sabana fría y en las cetas del manjar de los dioses que preparabas los sábados para mí.

Siento la fuerza de mi arrebatado amor llegar hasta ti esta noche, y estoy segura que en la distancia quedarás perplejo con el grito
desesperado que escuches salir de las sombras.

 

Carmen Amaralis