Está siempre ahí. Me hipnotiza. Cuelga como estrella en las ramas de un árbol. Hace cien años que no se mueve. Tiene, sobre la falda, esa canasta de flores siempre frescas que no esparcen aroma. Cuando hacemos contacto con los ojos, viajo en el tiempo y no encuentro respuestas. Guardo entre mis cosas los luceros que ahora y siempre han colgado de ese cuello de cisne que amo tanto. ¿Pero cómo puedo amarla, si nunca me ha dado afecto, sólo esa sonrisa de boca perfecta?

Miro mis manos y están ahí las suyas. Esa frente pequeña de nácar una vez me pensó y deseó que me pareciera a ella. Mi garganta es un cascabel: trinos con susurros nacidos del ruiseñor deseado. ¿Qué le puedo hacer? En mis genes corren codificaciones viejas. Y los códigos lo demuestran; clarividencia de la vida en espiral. No hay forma de evitarlo. Según me cuentan, su oratoria era excelsa y su voz de ángel. Ahora guarda silencio de polvo antiguo.

He decidido cambiarla de lugar. Escogeré otra pared, una en la que no tropiece a cada instante con esa mirada inquisidora y fuerte. Por más que le reclamo, siempre en silencio, fría y gris, me borra la esperanza, sin recibir respuestas.

Busco un lugar discreto y la coloco con delicadeza. Es la única
fotografía que poseo de una imagen remota grabada en la piel. Me pregunto si guardará otros cien años de silencios.

Carmen Amaralis