(cuento)

No estaba segura de querer llegar a Estambul, la idea de que los rebotillos de huevo tuvieran color verde me revolvía el estómago.
Pero no podía dejar pasar esa oportunidad de llegar al medio oriente, y de tener casa y familia por todo un largo verano de tres meses. Acababa de concluir mi primer semestre en la universidad en Gainesville, y Mihriban, mi room mate turca, me invitaba a su casa. A cambio yo la invitaría a la mía para las siguientes vacaciones de Navidad.

La muy bruja me tenía embrujada con historias de lo que encontraría al llegar a su patria. Como en una de nuestras riñas de adaptación en convivencia le restregué un pedazo de jamón serrano en la espalda, ahora se daría gusto dándome a comer tortillas con huevos turcos. Según ella, las yemas de las gallinas turcas eran verdes. Ese verano pasaría un tiempo con sus padres frente al Bósforo y otro en Odemish, en la casa de los padres de mi novio turco, aquel que quiso convertirme en princesa.

Llegué a Estambul envuelta en mis Jeans apretados y con mi cabello amarillo, mis labios de caribeña pintados de fuego pasión y mi mirada curiosa. Inmediatamente anné y baba (mamá y papá) me hicieron sentir otra hija más. Lo que no podía entender anné era lo remilgosa que resulté en el desayuno de mi primera mañana. La idea de enfrentarme a unos huevos verdes fritos me quitó todo mi apetito y solamente acepté una taza de café turco. Confieso que no sabía cómo tomármela con toda aquella borra flotando en la espuma de la nata. La soplé ante los ojos incrédulos de baba, que me dijo en perfecto inglés: - Darling, that is the best part- (Hija querida, la borra es la mejor parte). Nada, que hay que ver para aprender, y con mucho sufrimiento me tomé el café, y salimos a dar mi primer paseo por la ciudad.

No salía de mi asombro, jamás había visto una aglomeración tan
grande de gente por todas partes: vendedores, pordioseros, paralíticos, hombres envueltos, mujeres envueltas, ojos tan curiosos que me desvestían con la mirada. Mihriban me dio instrucciones de no mirarlos a los ojos, y si sentía un pellizco en mis nalgas voluptuosas, les dijera una serie de frases que memoricé sin ningún problema y sin saber lo que significaban.

Ana né aná, Anné aná , echo le chek , sik turk. Así me sonaban y así le grité en la cara al primer turco que me tocó mis nalgas en un bazar frente al Top Kappé. Al hombre por poco le da un sincopé con las carcajadas de los que me oyeron gritarle las frases que me
enseñó Mihriban. Se puso violeta y sus ojos se abrieron tan grandes, que llegué a temer por mi vida, pero sospecho que su vergüenza fue superior a su ira, y se alejó de prisa en la multitud ante el asombro y las risas de los vendedores de las tiendas.

Cuando al fin me encontré fuera del bazar, le pregunté a Mihriban qué era lo que significaba lo que le grité al turco. Y me dijo entre risas y risas: -le has dicho, " hijo de puta, me cago en tu madre, maricón turco".

De milagro les puedo narrar esta historia, estoy viva gracias a Alá.
Y por supuesto que desde ese día he sido muy cuidadosa con mi lengua, y jamás he vuelto a confiar en ningún otro instructor de idiomas.

Carmen Amaralis