(relato)

No sabemos qué hacer con el cuerpo, ya tiene tres días de muerto y lo llevamos de un lado para el otro sin que el cura acepte las súplicas de sus hermanas beatas y le permita los ritos religiosos, y además, permita enterrarlo en el cementerio de la Iglesia. Sus hijas se empeñan en que hagamos todo lo posible por convencer al cura para que lo perdone y le ponga los santos óleos.
Maldito pueblo lleno de viejas chismosas: si no hubiera sido por Doña Carla, beata metiche que se la pasa todo el tiempo rondando por donde no debe, no tendríamos este problema.

Todos decidimos hacerle los ritos masónicos. ¿Cómo no
hacerle sus rituales, si el bueno de Don Maximino nos ha guiado por senderos de luz? Su sabiduría y paz interior reinaban en nosotros cada lunes en las tenidas clandestinas en el pequeño espacio que era nuestro templo. Doña Carla nos descubrió en el momento en que nos dábamos los golpes en la frente con los ramos de olivo, en las gradas de nuestra logia improvisada. Salió corriendo
despavorida, sin que pudiéramos detenerla, a contárselo al santo padre.

Y la tragedia nos cayó como un trueno. El gran disgusto lo mató y hace tres días lo encontramos en el templo, frío y muerto, con una sonrisa impenetrable en su rostro enjuto, más serio que la momia de Tutankamon. Este hombre sí que sabía curar las heridas del alma y suavizar asperezas cuando surgían discordias entre los hermanos.
Nosotros, sus discípulos, siempre seguíamos sus consejos, que daban sentido a nuestras vidas. Ha sido nuestro gran maestro desde que recuerdo haber llegado espantado a mi primera reunión. Seguro que sin sus consejos yo nunca hubiera pasado de aprendiz.

Y ahora no sabemos qué hacer con él. Comienza a oler a frutas en descomposición. Una lágrima le corre por los huecos de sus mejillas, y me preocupa que el pobre de Don Maximino se esté dando cuenta de los desprecios de la Iglesia desde el más allá, donde se encuentre en estas insufribles horas de podredumbre. El, que por disimular siempre, le daba generosas ofrenda a sus hermanas para que el cura estuviera contento con su familia, y no preguntara por nuestras reuniones secretas, que ya no eran tan secretas, gracias a las viejas chismosas del pueblo.

De un lado para el otro ando en un trance espiritual con el muerto. Parece no importar para nada el aura que te cubra a lo largo de tus senderos luminosos. Pero aquí estamos, con este santo pudriéndose entre flores, preguntándonos de qué sirve tanta sabiduría ancestral, si al fin de cuentas los gusanos hacen fiesta con tus encajes y tejidos vitales, ese mismo urdimbre que un día se arrodilló ante la luz.

Carmen Amaralis