Dedicado a Aurelio por sus cincuenta y uno.

El tamaño de su pensamiento no le permite el fracaso. Es así desde que tenía cinco años, y le tocó personificar a la Lola Flores vestida de sevillana, y bailar una rumba sin caderas voluptuosas, pero con unos ojos bien grandes abiertos a la vida. Esos comienzos en el tablado de un teatro de pueblo le dieron suficiente autoestima para saberse dueña de su destino para siempre, tuviera o no, tantos aplausos.

Ahora solamente le faltan dos años para cumplir sesenta de edad, y les juro que ayer me sorprendió ver como unos cinco caballeros se volteaban a mirarle con ojos interesados, sólo porque entró a un bar-cafetería a tomarse un café con el cabello mojado, acabada de bañar, con fragancia a rosas del Caribe y los labios pintados de rojo, una blusa verde muy escotada, mostrando los hombros morenos y suaves que aún tiene. Si hasta se ruborizó cuando uno muy joven le lanzó una mirada atrevida y llena de deseos.

La verdad es que se tiene lo que se siente, y se sintió de treinta y feliz. El tamaño de sus penas disminuyó con el brillo de aquellos ojos incrédulos. Recordó que su jardín caprichoso, a veces le regala una rosa inmensamente fuerte, de esas que sobreviven el doble del tiempo normal. A ella le debe haber pasado lo mismo, porque es fuerte y firme, clara y risueña, cuando ya debería la cautela cubrir su pensamiento. Cada mañana le da paso al tiempo, sin permitirle que le robe la frescura, ni le quite la alegría, cubriendo de abrojos su piel.

No conoce la envidia, pues no tiene nada que envidiar, ni conoce el desamor, porque ama como si al amar se le colmara la vida de vida y el rostro de ilusiones. Llena sus manos de recuerdos, y decora de nostalgias las curvas de sus piernas. El pecho lo lleva rebosante de llegadas y despedidas, pero, aún así, besa con labios carnosos los rincones del suspiro, masticando el don de sentir y desear.

Porque de sentir y desear, de eso es que se trata la vida.

 

Carmen Amaralis