Después de andar perdida siglos, rebuscando, encontré la piel de envoltura frágil, me adentré en ella deseando convertirme en un ser incapaz de sufrir y de gozar. De cada grieta surgía la conciencia de estar en la presencia de un todo infinito que daba nombre a mi existencia a cambio de pertenecerle en la esencia del placer y del dolor. Rebusqué todo lo que quise y pude sin encontrar respuestas lógicas. Suspiré rendida ante la eternidad, grabé mis deseos puros, y entre lágrimas y risas, le hice la batalla a la vida orgánica, y habité entre ella con el deseo de reconocerme alma y cuerpo en lo más profundo de este ser envuelto en la dermis de Dios.

 

Carmen Amaralis.