Decidí hacer el ridículo. Llevaba una media hora observándolas, mirando cada expresión en sus rostros. La conferencia sobre autoestima les entraba por un oído y les salía por el otro.   Podía leer en sus mentes el rechazo, el odio contenido, el desprecio a todo lo que le decía esa mujer que blablablabla, les aseguraba que la clave era amarse a ellas mismas primero. Pero ¿Qué diablo es amarse a uno mismo? ¿Cómo amarse a uno mismo si ni siquiera saben lo que es amor, estima, realizarse, lograr?
 

Claro estaba que habían logrado algo, estar presas, matar, robar, inyectarse la droga y sentir un rato de enajenación, desconectarse del infierno que le resultaba recordar la primera patada, la primera bofetada, la primera violación que aún muy niñas la vida les regalara.
 

Hablarles de amor era como hablarle a un sordo de la belleza de unos acordes de viola, a un mudo el sabor de las palabras líricas, a un ciego de la espuma del mar en las tardes de plata y oro.
 

Y decidí hacer el ridículo. Algo en mi interior me decía que ellas reirían y disfrutarían hasta la saciedad si yo hacía el ridículo. Les llenaría de satisfacción ver como una mujer distante y limpia, perfumada y peinada de salón, ataviada con telas de vivos colores les bailaba una rumba imitando a un mono, pitar poniendo la boca como una corneta, cruzando los ojos de placer y cojeando como si le doliera la pierna izquierda.
 

Eso hice, les bailé al son de mi corneta improvisada. Y yo lloraba el éxito de mi ridiculez, las vi reír, burlarse, disfrutar por un momento de mi estupidez, de mi locura. Al fin entendí que les costaba aceptarme limpia, pero absurda y estúpida les causaba un placer infinito. Y me reí a carcajadas por mí y por ellas, se expandió mi universo inmediato, y vi la puerta de la felicidad con la ironía a cuestas que dejaba entrar un poco de alivio a su rencor, a su desdén por todo lo que fuera orden, consejo, recomendación.
 

Al diablo las recomendaciones, lo que todas deseaban era que sufriéramos un poquito, que supiéramos lo que es el dolor, que comprendiéramos su encierro, y nos visualizáramos violadas, sodomizadas, abofeteadas, y presas, presas, presas.
 

Hice el ridículo y vi que era bueno.

Carmen Amaralis Vega Olivencia