Se oían claramente las carcajadas de los fantasmas vestidos de frac y corbata, entre los alaridos y sollozos de los mártires. El duelo de las vírgenes y los santos, cargando cadenas, y crucificados con espadas ensangrentadas, hacían marco a las miradas en espera de los guardianes del amor. Todos escuchaban los cantos gregorianos y el crujir de las sandalias de los monjes encapuchados.

La novia caminaba lento entre los naranjos, y los pasadizos secretos le murmuraban letanías interminables. Se presentía el desenlace. Era la hora exacta de la boda. De entre su corona de azahares se deslizaban los gusanos del cráneo. Los rizos dorados del cabello se desprendían en cadejos sobre los tules blancos que cubrían sus senos de nácar mustia, y de su vientre flácido de esperas frías y largas emanaba un humor de partos deseados.

Como lo prometió, así llegó, pensativa y pálida ante el altar. Ella tenía sombras opacas en los huecos oscuros de sus ojos, y él una mueca de desesperación. De entre los harapos de su frac se podía ver un corazón palpitando de emoción. Era la hora de la boda negra.
Valió la pena la espera. No les cabía duda, siempre lo supieron: el amor es eterno.

 

Carmen Amaralis