Aún le arde la piel. No entiende ese ardor que se centra en su centro.
Sólo fue un leve roce de los labios, y bastó para que cada poro de su piel pegara un grito.

Se derramó en ese instante el rocío guardado en su mirada, y el carmín de los labios se hizo grana. Un susto gigante le invadió los sentidos, y fue muñeca de algodón entre sus brazos.

Aún no entiende por qué no duerme ni desea alimento. Busca los rincones solitarios para regodearse entre su piel y sus deseos.

Su boca está marcada de delicias, y por primera, vez percibe sus senos como cumbres a punto de erupción. Nota la entrega total del primer beso, y se mira al espejo transformada en mujer.

Carmen Amaralis