(prosa breve)

Las observo en caravana sin rumbo definido. Desde mi cómodo asiento, donde estoy leyendo los diarios, me parecen encantadoras. Algunas llevan cargas más pesadas que sus cuerpos, otras arrastran moles superiores. Las veo moverse en procesión. Abstraídas en su rumbo con el fardo que les tocó cargar, no sé si piensan, si están tristes o alegres. No sé si rebosan con el recuerdo del sexo que las multiplica.

Con los dedos lagos, me inclino, y sin pensarlo mucho, rompo la línea de su trayectoria. No soy dios, pero me invade un poder superior a ellas y decido hacer círculos con los dedos en el suelo. Las desvío, las torturo, cambio su paz y su trabajo hacia un correr como locas ante el desastre natural que les ha llegado desde el cielo de mi mano. Algunas se salvan, otras quedan mortalmente atrapadas por la presión de mis dedos.

Ante el desastre y la emergencia, trastocan su marcha, corren
despavoridas. Las más fuertes logran escapar y forman nuevamente la ruta hacia no sé dónde; supongo que a su tierra prometida. Las muertas y heridas quedan atrás. Me levanto, y con el zapato, aplasto despiadadamente treinta y nueve centímetros de la nueva caravana. No es que desee matarlas, pero están en mi paso hacia la cocina. Tengo hambre, será necesario sacar algo de comer del refrigerador.

Al llegar ante la puerta de mi nevera, me detengo a pensar y me pregunto: ¿Cómo me sentiría si de momento una descarga eléctrica me saca de mi ruta en la vida y termino hecha un carbón por la fuerza inexorable del destino fugaz que me rodea?

Carmen Amaralis