Preferiría no tener que venir a este lugar, detesto la necesidad de este recorrido perseguida por manchas de plomo gelatinoso.

Me corre un sudor frío por la espalda, y el estómago se encoge de la parálisis que me causa caminar por la niebla de este túnel de largo interminable. Han sido muchas las veces que he tenido que detener el paso con la intención de respirar algo de alivio, antes de llegar a la habitación donde se debate entre la vida y la muerte la más querida.

Me detengo en las ventanas que encuentro a mi paso para mirar al azul y pedir ayuda y fuerzas. El arquitecto supo ubicar aquellas ventanas: unas con vista a las montañas y otras con vista al mar.
Pareciera que han entendido la muerte y el momento justo donde el alma necesita que el mar y el cielo se besen, aliviando el dolor agobiante del que espera la partida de lo amado.

Hoy tengo que verla, hoy no tengo escape. No puedo dejar de acompañar a mi alma gemela en su trance. Se resiste, lucha con la muerte, pero sé que le falta muy poco. Los riñones se le han paralizado. Ya no recibe alimento, y sus ojos solo miran a la distancia en busca de la ruta corta al destino incierto del que deja la vida entre verdes y violetas.
Y me toca volver a recorrer este maldito pasillo largo, que me desquicia pegajoso. Antes de llegar a la habitación me invade un severo dolor de cabeza. Siento un tejido boscoso en el centro del pecho y miles de tentáculos se me enredan en el cuello.

Nunca he sabido disimular, pretender que todo está bien y sonreír, cuando la verdad es que traigo la desdicha pegada a la piel y mis ojos echan fuego. Me pregunta si tengo catarro, y contesto, con voz ronca, “no me pasa nada”, mientras se desbordan las aguas de la vida por las mejillas y no tengo forma de evitar voltearme para que no sepa que me duele la impotencia, y el deseo de maldecir se me atraganta en la garganta. Un chillido seco y profundo se escapa, y
recobro fuerzas para poder hablarle.

”¿No lo aceptas?”, le pregunto, y abre sus ojos tan grandes que pareciera que quiere que me meta en las cavidades de su ser y descubra por mí misma la batalla cruenta y amarga que la debilita.
Termina por hacer un esfuerzo sobrehumano, y logra decirme, otra vez, que soy su alma gemela, y se me nubla la vista con la sal y las lágrimas. Vuelvo el rostro y no logro coherencia, mientras recorre por mi mente mi propia muerte. Me veo en el lecho gelatinoso yo misma muriendo, luchando mi propia batalla.

Dios mío, ¡qué miedo le tengo a la muerte! Me aterra sufrir y ver sufrir, y salgo de la habitación corriendo, a sollozos, suplicando a las hadas me liberen de la angustia que me consume. El pasillo se transforma ante mí en una boca gigante que me va tragando mientras
corro buscando la salida. Los corredores se convierten en un laberinto sin final, el cloro y el alcohol inundan mis sentidos.
Manchas gelatinosas y negras se desprenden de las paredes, asfixiándome.

Logro desligarme del pegamento que recubre mi piel. Llego frenética a mi automóvil en el estacionamiento, comienzo la marcha y recorro calles desiertas e indiferentes. Me hundo en un trance indescriptible. No sé cuantas vueltas innecesarias doy antes de llegar a casa. Las flores del jardín lucen marchitas, se percibe un olor nauseabundo. El perro me mira con ojos de comprensión. Le doy un abrazo y decido regalar todo lo que poseo. Liberarme de los apegos para suavizar la carga.

¡Pesa tanto la vida!

Carmen Amaralis