(Y me tocó narrar una crónica real y decidí escribir lo que entró por mis sentidos.)

Se alzaron las aguas y me arrastraron hasta el lugar de la peste y el hambre. Negros esclavizando negros, abundancia asquerosa y miseria disfrutada en la ignorancia de los niños. Y vi que no era bueno. Y dejé que el polvo cubriera mis ojos, y una mezcla de sal y tristeza se apoderó de mi mente.

Luego tres negritos jugaban sobre vidrios rotos. Desnudos mostraban sus cuerpecitos sin vergüenza. Reían, y uno de ellos cojeaba con los pies enfermos. La podredumbre les decoraba el cuerpo. Y aquella tierra era bendecida por el dios de la abundancia, el dios de las frutas y las flores, de los peces y las ovejas.

Y vi como se derrocha el oro en canteras de lujuria y alcohol. El
sexo expuesto al aire y miradas dilatadas de placer. Mármoles y plata decorando el bochorno, mientras las luces iluminan el rostro de La Altagracia. Un hombre reza de rodillas y toca con el borde de sus dedos el rostro de la virgen, llora y se arrastra en penitencia.

Os digo: - nadie en la tierra ni en el cielo es digno de romper los
siete sellos que revelen el lugar sagrado de la esperanza.

Carmen Amaralis