Miré la tumba mojada, fría,
Y la abrasé fuerte, si, muy fuerte.
Allí dejaba parte de su corazón,
de sus entrañas,
con sus ojos, cara y cuerpo.

Allí se quedaba bajo tierra
aquel ser que un día arrulló,
mimó en sus brazos, en su pecho,
y le dio néctar de sus senos.

Cómo decirle a ese corazón fragmentado
que no llore,
que no se quiebre de ese dolor desgarrante.

No, no pude,
Me retorcí con mi dolor secreto y
simplemente me permití llorar.

Y lloré mares, ríos, lagos.

Si, me permitir llorar con ella,
por su hijo que murió
Y el mío que nunca llegó,
porque se fue en remolinos de sangre.

Carmen Amaralis