Y qué pasaría si tus dos luceros me iluminaran tiernos,
pintando de azul mi adormecido cuerpo.

Qué podría pasar si muy despacito me pierdo
susurrando delicias en secretos bosques de ébano.

No quiero pensar que sería de nosotros
si el brillo en  tu  mirada estallara en besos.

No tienes la culpa del mar que se posa  
en tus ojos de cielo.

No eres culpable del sutil anhelo
que devora mi centro,
ni de este apasionado corazón loco,
ni de estos ojos negros que te buscan ciegos.

La culpa la tiene el bendito universo.

Ese que conspira siempre junto al fuego
que abraza mis sentidos cada vez que te veo
dejando la vida guardar el secreto
de mis ojos ciegos.

 

 


Carmen Amaralis Vega Olivencia