Para cualquier mujer debe ser motivo de halago que la pidan en matrimonio. Pero todo tiene su tiempo, y la piel pierde los deseos de caricias después de esperar largas noches supurando ausencias. Recuerdo aquel baile cuando me pidió bailar un bolero cuerpo a cuerpo. No pude evitar las erosiones sobre todos mis sentidos vírgenes, y amé para siempre.

Ahora me pregunto. ¿Qué puede estarle pasando al alma para caer al precipicio del amor, sin importar edad, distancias, metas? Pasé la noche en un limbo de amores desesperados, sintiendo el calor, la humedad, los escalofríos, los deseos, el suspenso, el adiós. Desde entonces no caminaba, flotaba en un total embeleso. No escuchaba razones, no entendía el destino, no importaba la muerte. Y pasaba el tiempo tan lento, tan triste, hasta el reencuentro esperado.

Luego, lágrimas, escoger, decidir… despedirme de todo lo que había sido una vida de niña adorada. Me esperaba el tiempo de mujer, calmar la sed, mirarme en sus ojos, lejos de otros ojos de amores filiares adorados. Y no pude, no pude, no pude, no… y enloquecí en el desenfreno de las decisiones. Deseé estar muerta, fría…

Pasó el tiempo entre nubes de tristezas y alegrías, como la vida misma, entre tormentas y claros de luna y la tibieza del sol, día tras día, día tras día, tras día, tras día…

Pasó el tiempo entre ardores incompletos en el lecho de otro hombre, y llegó la cosecha de flores secas, madurez maltrecha en remolinos de quimeras frustradas, sin amor, sin amor, sin…

Pero un desquiebro del destino me devolvió aquellos ojos nuevamente, y no importó cordura, sabiduría, madurez, respeto, dignidad, moral, nada. Tomados de las manos se reencarnaron los deseos, y vibramos en el recuerdo metido en las venas. La fuerza del amor contenido, lento y largo reventó en flor.

Pero ya es tarde, cómo decirle al corazón: —Olvida el cariño y restaura el amor—. No pude, no pude, no… Malgasté esa nueva oportunidad que los magos malabaristas me brindaban. Me torturé en preguntas sin respuestas. Malditas convicciones mías, me apartan del amor, me destruyen, me enloquecen en nombre de la cordura.

Pero no, sí, estoy loca, desquiciada, muerta en vida, seca, vacía… Y vuelves en un último intento, en un susurro leve, con los ojos opacos, el cuerpo enfermo. Enfermo pero amado, con un amor distraído, fúnebre, distante de esta piel sin nervios. Seca yo, vieja, triste.

Estaba escrito. No nací para el amor. Digo adiós para siempre —Nunca olvides: fuiste mi más grande amor.

 

 

Carmen Amaralis Vega

Puerto Rico, 2008