El sol arde en las costillas, la garganta quiere gritar por una gota de agua sin sal y no puede, es indescriptible el remolino de vómito que cubre el infierno de la lancha. Esa pequeña embarcación no puede avanzar una sola milla náutica, el peso que carga de los cientos de sufridos es superior a la fuerza del viento, a las fuerza de los frágiles brazos de esos cuerpos casi muertos de hambre, pero mucho más de sed, ya son dos días con sus noches flotando en ese estrecho tormentoso entre su Isla y la nuestra.

Las madres amamantan al marido y al niño, es necesario que sobrevivan hasta llegar a la costa de la esperanza, a la costa del sueño americano, allí sí que podrán trabajar y ver crecer a sus infelices hijos. Ella no importa, su sed es de otro tipo. El peligro a sucumbir en esas aguas turbulentas es poco cuando el alma ansia un pedazo de pan para esas bocas que lloran por la desesperación del ardor en sus estómagos vacíos.

No pueden pedir una gota de agua, el desgraciado hombre, si se puede llamar así, a cargo de la barcaza los echaría por la borda si lo hacen, si se atreven a pronunciar una palabra que despierte la ira de los infelices amontonados sobre sus propios vómitos. Ya echaron al primero que lo hiso para ponerlo de ejemplo si piden agua, ahora todos callan. Simplemente esperan que esa costa dorada aparezca y calme su martirio, algunos tendrán suerte, otros morirán con la sed de la esperanza tatuada en sus ojos.

Al llegar los espera la Guardia Costanera para arrestarlos y devolverlos a la acostumbrada miseria en su Isla. El gran sacrificio resultó en vano.




Carmen Amaralis Vega Olivencia
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