No se puede pensar mucho en las ocho y media horas sobrevolando en un pájaro de metal las aguas del Mar Atlántico. Si lo pienso no me envuelvo en esa odisea en las nubes sobre ese mi profundo mar; asustada, sí, asustada y mucho. Pero el corazón reclamaba, llamaba a gritos: ¨ven¨. Ven a recorrer las callecitas empedradas desde hace muchos siglos, quizás por alguno de mis antepasados, ven a respirar el olor de otros mares, ven a deleitarte con otros azules y verdes, con tierras calizas, con florecillas sobre dunas y piedras que contemplan el rostro con la sonrisa de una naturaleza hermosa.


Eso hice, respondí a esa fuerte llamada y llegué a Madrid para seguir, ahora volando sobre el Mar Mediterráneo, hacia la Isla de Mallorca, rumbo al hermoso pueblo de Soller. Les puedo decir que Soller me robó el corazón tan pronto lo vi: sus plazas, su Iglesia, sus azulísimas costas, pero sobre todo su gente: sencilla, amable, que supieron muy bien hacernos sentir en casa. Ahí nos hospedamos en un pequeño hotel con jardines interiores repletos de Buganvilias, y así se llamaba el Hotel: Buganvilias. No les puedo describir la delicada sensación de estar sentada en el paraíso cuando desayunábamos al aire libre en una terraza arropada de flores envueltos en una suave brisa fresca con olor a mar.

Con mis amigos Mallorquines Guillermo y Antonio Oliver recorrimos Soller, y Palmas de Mallorca por toda una semana. Buen comer, Mariscos, quesos, frutas frescas, y mucha risas y afecto del bueno. Una semana inolvidable con faros, acantilados, mercados sabatinos con frutas, flores, verduras, de todo y mucho. Me hubiera quedado todo el mes en esa hermosa Isla pero me esperaban mis amigas de Madrid.


En Madrid nos quedamos casi dos semanas: corridas de toro, la Carmen de Bizet por el Ballet Flamenco Municipal, etc., etc. Madrid fue el centro de desplazamiento hacia los alrededores de ese fabuloso país: Segovia, Ávila, Salamanca, Toledo y Cuenca. De esos lugares el que me fascinó más fue Cuenca, con sus casas colgantes en ese cañón sobre-caminando el puente sobre el río. Sencillamente maravilloso e impresionante. Mis pobres piernas me arrastraron por las cuestas de escaleras hasta la plaza central en la cumbre de esas milenarias montañas.


De Ávila me traje el recuerdo de una misa cantada en su catedral, indescriptible su arquitectura, sus vitrales, sus rosetas, sus maderas talladas, sus variados mármoles multicolores, y un eco místico acompañando las oraciones de cientos de niños haciendo su primera comunión. Creo que me traje la sensación de pureza que arropaba cada una de sus caritas llenas de emoción.


Y la Cartuja, con sus jardines de rosas gigantes y hermosas, ese convento sí que me enloqueció, tanta historia encierran sus centenarias alcobas. Me sentí monja descalza y hasta creo que el frío imaginario en los pies me sacó lágrimas.


Y por supuesto, el encuentro con mis amigas, Alena y Virginia Collar directoras de La Revista Alenarte, en la Feria del Libro de Madrid. Luego con amigas de congresos pasados: María de los Ángeles Cantalapiedra, que presentaba su novela, con Socorro Mármol Bris, una incansable gestora cultural, excelente escritora y mujer culta por muchas razones, ya estamos programando el II Congreso de Literatura virtual acá en Puerto Rico para el 2017. Y también me reuní con mi hijita putativa Rosa Arroyo, que ya ha completado su grado doctoral con especialidad en literatura sobre la obra de Juan Ramón Jiménez. Volver a mirarme en sus ojos ha sido uno de los más grandes regalos que he recibido en este nuevo viaje a España.
Ahora regreso a Puerto Rico con mi alma cargada de bellas emociones, con la felicidad a flor de piel, con la alegría pintada en mis ojos, con la convicción de que la vida no puede ser más generosa conmigo, pues he recibido demasiado y me siento un ser afortunado al máximo.


Ya con calma relataré experiencias particulares desde la luz que brilla dentro de mí por tanta generosidad que esta vida me ha ofrecido, pero hoy, por ahora, sigo jugando con mi perrita China, que al llegar me recibió con mucha alegría, la extrañé y sé que me extrañó por la mirada feliz que puso al verme entrar a mi hogar.

 

 

Carmen Amaralis