(Crónica de mi viaje a Rusia - Introducción)


 

Yo, que pudiera estar en el infierno, acabo de renacer con los ojos cubiertos de plumas blancas, las que se desprenden de mis enormes alas.  He sobrevolado un cielo helado, sí,  frío y azul, tan azul como ese infinito vacío que queda más allá del cielo de los querubines, los ángeles y los arcángeles.

¿Cómo es posible tanto azul, tanta paz, en un silencio que se mete en las entrañas?  Y no cabe duda que hace falta el amor para rellenar ese espacio con estrellas.

Me tocó llegar a los países nórdicos desde el trópico. Llegué cargando mis rayos de sol mezclados con muchas expectativas y emociones. Cargaba al hombro mi cámara, lista para registrar lo nuevo, lo diferente.

Desde niña podía cantar las arias de los Anillos de Los Nibelungos, imaginaba ser una valquiria dispuesta siempre a luchar en mis bosques mágicos. Deseaba ser raptada por un gran vikingo que se deslumbrara con mis inmensos ojos abiertos a la vida.
Dinamarca, Noruega, Finlandia, Suecia antes de llegar a mi destino final, Rusia. Crucé por fiordos de aguas azules y tranquilas. Navegamos muchas horas deslumbrados por la belleza de las montañas de rocas de granito, por donde resbalaban cientos de cascadas de aguas cristalinas y frías, muy frías.

Las gaviotas se acercaban a mis manos sobrevolándome en sus intentos por alcanzar el pan que les ofrecía.  Me gusta jugar a ser ave, o perro. Creo que ellos me reconocen como sus pares. Y sintiéndome pájaro con alas grandes planee las aguas, recorrí glaciales, escalé peñascos de dura piedra, tragándome el aliento, enamorada de la vida.

Por fin ahora entiendo las luchas de los bárbaros del norte, las luchas de los primeros cristianos que llegaron a esas tierras frías para convertir sus gentes politeístas y rescatar sus almas del limbo. Visité una de las pocas iglesias hechas de madera sin clavos, solo cuñas, aún en pié luego de más de 800 años.

Por fin entiendo las pocas diferencias entre la religión católica, que practico, versus la iglesia cristiana ortodoxa que predomina por esas tierras del norte. Pude ver sus altares forrados de oro, y como me explicaran, no es oro americano, es oro de la península escandinava, rica en minas de oro y piedras semipreciosas.

Me extasié en pinturas medievales, en cálices y esculturas decorando los templos y ermitas. Especialmente disfruté de la belleza pintada del rostro de la  virgen María muerta, y a su hijo Jesús con el espíritu de su madre en sus brazos para llevarla en su asunción a los cielos. El dogma de la asunción de la virgen en carne y hueso no es aceptado por los ortodoxos.

Y finalmente crucé en barco durante 12 horas el Mar Báltico para llegar a San Petersburgo. Desde la ventana de mi camarote pude contemplar el esplendor de la puesta del sol a las once de la noche y volver a aparecer a las tres de la madrugada, rojo y enorme. Es verano y los nórdicos saber disfrutar de sus largos días. Ya les llegará el invierno y la historia será la opuesta, donde despiertan de noche para ir a trabajar y regresan a sus hogares de noche, con muchos metros de nieve en sus rutas y una gran melancolía que les dura ocho meses por la falta de luz solar.

Crucé en un vuelo aéreo de dos horas de San Petersburgo a Moscú. Recorrí el Kremlin, La Plaza Roja, el Museo El Hermitage, donde es imposible contabilizar la hermosura de sus cuadros, sus esculturas, el oro en las paredes, las cedas, los labrados en marfil y jade. 
Me pregunto luego de recorrer las grandes ciudades rusas: ¿Cómo es posible que algunas razas logren imperios tan enormes mientras otros lugares carecen de todo? El imperio Ruso es impactante, sus ciudades son construidas a unas escalas inimaginables. Las riquezas en sus museos, catedrales, plazas, en cierta forma provocan vergüenza ajena.  La bellezas de los cientos de palacios de los Zares, los tronos, sus parques, sus estancias de verano y monumentos y estructuras por sus triunfos son de una belleza y riquezas que quita la respiración al verlos por primera vez.

La vida me ha permitido visitar ese mundo tan opuesto al mío, en mi islita caribeña, de una belleza natural inigualable, pero simple en su historia.  Agradezco a la vida estas alas fuertes en mi espalda, pero no deseo que mis raíces se muevan de su base de barro rojo de origen volcánico, que me agarran con fuerza a mi cultura, pero que no me impiden saborear el caviar de los mares nórdicos.

 

Carmen Amaralis